Sucede muchas veces que el humor simplificado de una película puede entretenernos lo suficiente como para quedar con un buen sabor de boca al salir de la sala. Ese valor del “entretenimiento” en el cine puede deslumbrar más que ser el método adecuado para contar una historia coherente y significativa. Con cuidado y precaución, me atrevo a decir que Jojo Rabbit, el más reciente estreno que nos llega por la temporada de premios, es esa película que pretende una cosa, pero no se da cuenta del atropellado camino que debe recorrer para llegar a su fallida meta.

Desde su superficie, Jojo Rabbit es película de premisa simplona y compuesta por aires conocidos cuando se trata de recurrir a temas alrededor del nazismo. El pequeño Johannes tiene un amigo imaginario, Hitler (sí, ese mismo), una figura, según la película, tontoneca, absurda y terriblemente caricaturizada. Luego de encontrar a una niña judía escondida por su madre en la casa, entabla una curiosa amistad con ella, mientras el chico evoluciona como personaje (spoiler: no lo hace), con la aparición del chistoso Hitler de vez en cuando. La idea de la película, claramente, era ridiculizar esa figura y las maneras en que se puede cambiar a pesar de tener ideales tan asentados desde temprana edad; sin embargo, termina siendo solo un conjunto de mal humor y clichés equivocados.

Sam Rockwell, Scarlett Johansson y Roman Griffin Davis tienen buenas actuaciones en una película deficiente. Fox.

Con una introducción de tintes satíricos y con ganas de recurrir a momentos de supuesto humor negro para caracterizar su estilo, hay un claro reflejo juguetón en lo visual y lo musical. Pero Jojo Rabbit, la película, pierde su cohesión narrativa y de tono al tener que recurrir a giros de mayor dramatismo y tragedia conforme debe avanzar su historia. Entre tanto, el Hitler sigue apareciendo a hacer malos chistes e interrumpir el flujo narrativo general. Por ahí, el intento de redimir a Jojo hacia el final resulta en una horrible decisión del personaje que no tiene sentido (en términos de cambio) y que supone terminar la película en una nota no sé ni de qué. Rarísimo.

Las escenas con el Hitler imaginario interrumpen el flujo narrativo. Fox.

El mayor pecado de la película es ser repetitiva en sus conceptos y en tener tantos alargamientos innecesarios de metraje (parece mucho más larga de lo que es). Eso, como resultado, la vuelve aburrida y hueca en la supuesta moraleja que quiere plantear. Ahí no existe mayor riesgo dentro de la historia luego de, por ejemplo, la visita Nazi a la casa de Jojo (la mejor escena de la película) y la apresurada resolución de la tensión. Qué sencillo se vuelve encontrar ayuda y escape en personajes caricaturescos, incompetentes y, por otro lado, terriblemente estereotipados. Taita Waititi (que dirigió la terrible Thor Ragnarok), el director, no se da cuenta de que varias de sus decisiones de supuesta humanidad son parte del problema mismo; no son inteligentes ni astutas, solo ofensivas y pasadas de tono que quiere ser muy gracioso.

Las actuaciones se salvan solo porque son profesionales en su campo. Roman Griffin Davis, como Jojo, tiene talento natural frente a la cámara; y Scarlett Johansson hace lo que puede con su personaje sin un ápice de profundidad ni matices que sostengan las acciones y reacciones que tiene desde el guion. Entre tanto, la agradable fotografía no hace más que darle un envoltorio vistoso al desorden de ideas que presenta la película. Parece que la estrategia de ver el Holocausto a través de los ojos de un niño no le sirvió, justamente porque es la visión (y humor) de un adulto.

Resulta problemática la relación entre un niño nazi y una niña judía. Fox.

No termina de convencerme Jojo Rabbit; y mientras más la pienso, menos siento que sea apropiado reír de situaciones que presenta el filme con forzado humor y dinámicas casi manipuladoras entre niños y su crecimiento como personas. Si Waititi pensaba que era importante encontrar una nueva manera de mostrar las tragedias e injusticias de la guerra para las nuevas generaciones, tiendo a pensar que (1) ya ha habido muchas reiteraciones del tema (utilizado hasta el cansancio); y que (2) ridiculizar el asunto y pretender que las matanzas de la Segunda Guerra Mundial fueron muy chistositas deviene en lectura irresponsable, casi peligrosa, para las mencionadas próximas generaciones.

3/10